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El Agente de Seguros de Vida

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El Agente de Seguros de Vida

EL AGENTE

Denominamos Agente de seguros de vida al que ha hecho una profesión de la venta de seguros de vida. El corredor de seguros también vende el mismo contrato. La diferencia más fácil entre uno y otro término —agente y corredor— se ad­vierte en que el primero actúa principalmente en representa­ción de una compañía determinada y en que opera únicamente en seguros de vida —por lo menos esa es su función específi­ca—; mientras que el segundo coloca pólizas para diversas compañías y a veces trabaja una o varias de las otras ramas:

incendio, marítimos, accidentes, automóviles, cristales, etcé­tera.

Esto no impide el caso frecuente de que el agente actúe como corredor, o viceversa, o de que sea imposible precisar la denominación que cabe a un gestor de seguros determi­nado.

Sobre esto podría escribirse un abundante capítulo, en que vendría al caso convocar, para el agotamiento del tema, al underwriter, el broker y el agent ingleses y norteamericanos, al commissionaire francés, al sensale italiano, etc., etc.; pero esa no es la materia de la presente aclaración, sino dejar cons­tancia solamente de que aquí llamaremos “agente”, por anto­nomasia, al que tiene a su cargo la colocación de seguros de vida.

Para resumir: referimos el término a la función del ase­gurador ante el asegurable, no como simple corredor o comi­sionista sino como profesional especializado.

Hace algún tiempo nos sorprendió oír decir a un señor:

—Yo no soy agente de seguros de vida, sino representante de la compañía tal.

¿Acaso agente no quiere decir representante?

Tanto el uno como el otro término significan actuar en el lugar de la persona (agente = interpósita persona) o de la ins­titución representada. Hay agentes de bolsa, agentes de nave­gación, agentes de cambio, agentes de publicidad, agentes de policía, etc., etc. ¿Qué pensaríamos de un vigilante que nos dijera ofendido: “Yo no me llamo agente sino representante de la autoridad”, o de un agente de publicidad que preten­diera ser representante de publicidad?

Sin embargo, en el caso del agente de seguros de vida hay algo que explica que se pueda tener a menos ser llamado agente. Es corriente la creencia de que un hombre se transforma en agente por el sólo hecho de haber vendido unas pó­lizas. Esto es lo que resta jerarquía al agente de seguros de vida.

Para aclarar nuestras ideas, veamos otro aspecto de la cuestión. Año tras año las compañías cambian, renuevan y eliminan a numerosos hombres que circunstancialmente ac­tuarán, o pretendieron actuar, con el título de agentes; algu­nos pasan en peregrinación de compañía en compañía, pero la mayor parte desaparecen del campo del seguro de vida. Y es así como en cualquier circunstancia en que se reúna una vein­tena de hombres, podemos oír que alguno de ellos dice:

—El seguro de vida? Dígamelo usted a mí, que fui agente de la compañía tal.

Está difundido el concepto de que toda persona que haya quedado sin empleo o que se haya visto apremiada por las circunstancias, ha sido agente de seguros de vida. Así com­prendemos cómo cierto público recela de aquel que se deno­mina “agente de seguros de vida”; y comprendemos también que una persona determinada tenga, a menos que le digan “agente”, en vez de “representante”. Se suele ver en el agente a uno que se ocupa del seguro de vida como de un recurso para ganar unos pesos y para resolver su situación del momento.

Es preciso hacer responsables de este malentendido a los agentes que no han llegado a comprender que su negligencia y abandono para asimilar conocimientos y convertirse en ver­daderos profesionales es lo que permite poner en tela de juicio su capacidad personal para “representar” al seguro de vida. Hay hombres que consideran suficiente haber vendido seguros de vida para poderse llamar agentes; y esto trae a la memoria el caso de aquel salvaje que, preguntando si sería capaz de comerse una sandía con su cáscara, aceptó el desafío después de haberse comido otra.

—Puesto que me comí una, ¿qué me puede impedir co­merme otra? —decía el salvaje.

—Puesto que he colocado? unos seguros, ¿qué puede impedirme vender otros? —dice el agente.

Puede impedirlo la falta de conocimientos. El hombre que ha vendido un seguro de vida dista mucho de haberse conver­tido en agente; ni lo es aunque venda veinte seguros. ¿Cómo los ha vendido? ¿Gracias a su conocimiento de esta clase de operaciones, o solamente a base de intereses creados? ¿Por su acción inteligente y basada en las necesidades de los asegura­bles, o debido a una insistencia temeraria, audaz y cansadora?

El seguro de vida es una cura, un remedio para ciertas ne­cesidades que a menudo no son evidentes para el asegurable; es un medio para llegar a determinada finalidad, no una fina­lidad en sí, y su venta no debe encararse como algo que sólo tiene que ver con los intereses del agente.

Ningún médico prescribe remedios por los remedios mis­mos, sino para curar enfermedades. Tiene tanta importancia conocer los remedios como descubrir la enfermedad de cada paciente. Del mismo modo, para el agente es tan necesario

conocer las pólizas y los distintos planes como estar en condi­ciones de analizar las situaciones que demandan seguro de vida. Su misión no es, mirando las cosas de esta manera, la de colocar pólizas, sino la de asesorar, explicar y convencer, habiendo estudiado y teniendo a la vista las necesidades de los asegurables: no es el caso de venderles seguro después de haberlos sometido a una verdadera persecución, de la cual algunos sólo se libran firmando la solicitud.

Por Salas Subirat

 

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